El delito del celeste
Un vestido podía expresar una posición política. En su relato de los combates alrededor de Chuquisaca, hoy Sucre, en 1816, Manuel José Cortés describe una ciudad controlada por los realistas y amenazada por las fuerzas de Manuel Ascencio Padilla. Después pasa de los soldados a la ropa de las mujeres.1
«Se castigaba como un grave delito que las mujeres se peinasen con el jopo a la izquierda o llevasen vestido celeste.»1
Cortés publicó esto en 1861, 45 años después de los hechos, sin identificar en esa página una fuente para el castigo por la vestimenta. Es un relato posterior de represión política, no un decreto de vestimenta que se haya conservado. Tampoco dice que la propia Juana vistiera de celeste.
El uniforme en los relatos posteriores
La túnica escarlata y los alamares de oro ya aparecen en el siglo XIX. En la edición de 1887 de su Historia de Belgrano, Bartolomé Mitre describió a Juana en combate con «una túnica escarlata con franjas y alamares de oro» y un birrete con adornos de plata y plumas blancas y celestes.3
Es la descripción de un historiador que escribió décadas después de la guerra. La nota al pie remite a Velasco Flor para datos biográficos y le atribuye expresamente las fechas de nacimiento; no identifica a un testigo de la guerra que haya visto la túnica. Se puede usar esa prenda en una ilustración, pero estas páginas no la acreditan como su uniforme verificado.
En 1918 José Macedonio Urquidi repitió un atuendo elaborado y presentó la historia de una escolta de 25 mujeres con la salvedad «aunque no está probado». La duda se refiere a esa escolta concreta, no a que hubiera mujeres acompañando a Juana.4

Dónde mirar, entonces
Las imágenes más útiles de esta selección son posteriores a los combates. Una lámina del libro de viajes que Edmond Temple publicó en 1830 muestra a varias personas reunidas en la plaza de la catedral de Potosí. Temple atribuye el dibujo a un artista local autodidacta y explica las distintas figuras, incluidas mujeres de la ciudad y del campo.5
Aseguraba que los trajes eran «perfectamente correctos en cada detalle» (traducción propia). Es la valoración del viajero, no una comprobación independiente. Aun así, la imagen y su explicación permiten comparar prendas con mucho más detalle que un retrato heroico posterior.5
La lámina de d’Orbigny que abre esta página identifica a sus personajes como quechuas y mestizos de Chuquisaca y sus alrededores. Es una referencia regional valiosa, pero se publicó todavía más tarde. Ninguna de las dos láminas retrata a Juana ni a sus combatientes.7

Una dama de Chuquisaca
La descripción de Chuquisaca que hizo Temple en 1826 ofrece varias posibilidades de vestimenta. La moda de París empezaba a generalizarse y las novedades llegaban por Buenos Aires. Para la iglesia y las procesiones, cuenta, las mujeres seguían usando la basquiña española. En otro pasaje describe la basquiña y la mantilla de seda en el paseo: una falda exterior y una prenda que cubría la cabeza y los hombros.5
La lámina de Potosí también muestra a una mujer con vestido blanco de talle alto. Sería un error dar por ausente la moda europea en la región o convertir las observaciones de Temple en un inventario del guardarropa de Juana. La basquiña y la mantilla son opciones posibles para una reconstrucción; que Juana las usara sigue siendo una inferencia.5
La tela también expresaba diferencias sociales. La historiadora Cecilia Moreyra reproduce un bando de Córdoba que prohibía los mantos de seda a las mujeres negras y mulatas, incluso a las casadas con españoles. Es evidencia de las restricciones raciales de vestimenta en Córdoba, no prueba de una norma aplicada en Chuquisaca.9
A caballo
En Tarija, en 1827, Temple elogió la destreza de las mujeres a caballo. Compara su postura habitual con la de las damas inglesas, pero describe una montura pequeña de forma masculina, sin soporte lateral. La cubría un pellón de lana de colores. En las carreras, dice, tanto hombres como mujeres montaban en pelo.6
En el carnaval de Tucumán también vio mujeres que montaban «en el asiento amazónico o turco» (traducción propia). En ese pasaje no explica con más precisión la postura. Son observaciones de lugares y ocasiones diferentes, no una regla que divida a todas las mujeres por clase social.5
Las fuentes utilizadas acá no permiten determinar cómo se sentaba Juana en la montura. Representarla a horcajadas en combate es una reconstrucción artística, no un detalle acreditado por esos pasajes.
Con sable a la cintura
Otra mujer ofrece una pista más concreta. La historiadora Esther Aillón Soria estudia un proceso judicial abierto en Tarapacá en 1816 contra Gregoria Batallanos, la Goyta, compañera del jefe guerrillero Julián de Peñaranda. Sus actividades se extendían por Carangas, Lípez y Tarapacá.10
Un testigo la describió «vestida de hombre, y con sable a la cintura». Otro declaró que la llamaban «Comandanta y Coronela». Son acusaciones de un proceso judicial hostil, citadas por Aillón, no una descripción neutral de vestuario. Aun así, aportan un testimonio contemporáneo concreto sobre su ropa.10
Las compañeras de Juana también aparecen en una carta oficial. El 26 de julio de 1816, el general Belgrano la recomendó y mencionó a otras mujeres que compartían «las mismas penalidades», «cuyos nombres ignoro». No describió su vestimenta.2
Batallanos ofrece una comparación para representar a mujeres con ropa masculina. Su caso no demuestra qué usaban las compañeras de Juana.
Las mujeres quechuas
En su parte fechado el 24 de abril de 1816, Padilla dice que situó a Juana en El Villar «con 30 fusileros y 200 naturales con toda arma»: 30 fusileros y 200 indígenas con armas variadas. El pasaje no identifica a esos 200 como mujeres ni especifica su lengua. No sirve como nómina de combatientes quechuas.2
Para la vestimenta regional resulta más útil Temple. En su viaje hacia Potosí describe a mujeres indígenas con faldas y mantas de varios colores sobre los hombros, sujetas al pecho con un gran prendedor de plata llamado topa. En la explicación de la lámina de Potosí identifica las sandalias de cuero de una mujer del campo y las compara con los zapatos adornados de una mujer de la ciudad.5
El estudio del Metropolitan Museum llama lliclla a la manta andina de hombros y explica los prendedores que la sujetaban. También describe cambios en los vestidos envolventes y las sobrefaldas durante la época colonial. Esa historia ayuda a leer las imágenes; no ofrece un atuendo único para todas las mujeres cercanas a Chuquisaca en 1816.8
Fijate en el paño doblado sobre la cabeza, la manta rayada y el sombrero redondo de la lámina de d’Orbigny. Son detalles para investigar sin perder de vista su fecha posterior. La lámina no justifica trasladar a la guerra de Juana el traje festivo que hoy se usa en Tarabuco.7
Cholas y mestizas
Temple usa chola como una categoría social y de ascendencia. Sus descripciones también muestran diferencias de riqueza y de ocasión; no son un mapa completo de cómo se identificaban las personas.5
En el carnaval de Potosí de 1827 describe una pollera de muchos pliegues, hecha con doce a catorce yardas de terciopelo o raso, cintas, una manta sobre los hombros y trenzas que caían por la espalda. Algunas mujeres usaban un sombrero negro de ala angosta, que comparó con los de las galesas. Es ropa de fiesta observada en 1827, no un uniforme de campaña de 1816.6
La pollera en sí no era nueva. Moreyra la encuentra entre las prendas básicas de las mujeres de Córdoba a fines del siglo XVIII, con telas y adornos que variaban según sus recursos. Es una comparación regional anterior, no prueba de que toda pollera tuviera el volumen lujoso que Temple vio en carnaval.9
Hay un sombrero que sí podemos descartar. Lock & Co. fecha el primer bombín en Londres, en 1849. Es muy posterior a las campañas de independencia de Juana.13
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Los vestidos de luto
Después de la muerte de Padilla, en septiembre de 1816, Mitre describe a Juana en una junta de guerra «vestida de luto». También en este caso se trata de un relato histórico posterior.3
Juana Manuela Gorriti aporta un recuerdo más personal. En Perfiles, publicado en 1892, recuerda haber conocido a Juana en Salta en 1822, cuando ella misma era muy niña: «con sus largos vestidos de luto y su semblante sereno y meditabundo». Las palabras están en la edición original, en la página 8. Es una memoria publicada setenta años después del encuentro, no una anotación de 1822.11
Los vestidos largos de luto tienen, por lo tanto, más sustento que una reconstrucción precisa del uniforme escarlata. El negro es una interpretación visual razonable; ninguno de esos pasajes especifica la fibra ni demuestra un guardarropa invariable desde 1816. Un vestido negro de lana seguiría siendo una elección artística.
Las mujeres de negro de Mercado, en la lámina fechada el 14 de enero de 1859 en La Paz, ofrecen una comparación mucho más tardía. Su ropa no permite establecer qué usaba Juana cuatro décadas antes.12

PARA ILUSTRAR
Qué nos permite dibujar la evidencia
- Basquiña y mantilla específicamente para Juana
- Su posición exacta en la montura
- Ropa masculina para sus compañeras
- Lana negra como tela de su luto
Perkin descubrió su tinte malva sintético en 1856. Eso descarta ese tinte para 1816, no todos los violetas o rosados intensos obtenidos con otros materiales.14
Una imagen con sus fuentes a la vista
Para una ilustración de Iron Cello quiero saber qué detalles vienen de un documento, cuáles de una imagen posterior y cuáles elegí yo. Los vacíos también forman parte de la investigación. Señalarlos hace más honesta la imagen.
Si conocés una imagen o un documento del Alto Perú de 1809-1825 que muestre cómo se vestían las mujeres, escribime a contact@ironcello.com.
